Metodologia. Educador Familiar

Cuál es la Metodología de trabajo o cómo se lleva a cabo la intervención
La metodología de trabajo puede entenderse desde dos puntos de vista: uno como estilo o filosofía de trabajo y otro como recursos técnicos. Cuando nos referimos a la metodología como estilo de trabajo hacemos hincapié en el tipo de relaciones que se establecen durante el desarrollo de la intervención; por otra parte, la metodología suele estar asociada a los recursos técnicos o procedimientos que se utilizan para llevar a cabo la actividad (educativa en nuestro caso).
 
El papel del/la Educador/a Familiar no será otro que el de mediador; es más, el de creador de situaciones de aprendizaje que parte de la situación de la familia hacia la búsqueda de una realidad más adecuada. El/la Educador/a Familiar debe desafiar y crear situaciones de crisis entre los educandos (incluidos todos los miembros de la familia pero especialmente en los padres) con el fin de que introduzcan nuevos, más sanos y eficaces, significados a su realidad personal.
La intervención, como estamos viendo, es un cúmulo de situaciones de aprendizaje y el/la Educador/a debe tener bien claro y sistematizado cuáles son las fases y componentes de la misma. Gracias a que existe una metodología de trabajo, unos objetivos programados en base a los aspectos individuales y generales de los educandos, a las posibilidades que nos ofrece el contexto familiar y el entorno más amplio, se creará el marco o espacio donde se irán definiendo una serie de aprendizajes concretos, habilidades, etc. Nuestra forma de trabajar toma como referente el proceso de enseñanza-aprendizaje del Educador/a con respecto al educando en concreto, y a la familia en general.
Asi definiremos en tres bloques los espacios o contextos de intervención: la relación individual, la vida cotidiana y la relación con la comunidad (Funes et al, 1998):
La relación individual
La relación individual viene marcada por la interacción personal, en este caso entre Educador/a y educando (de ahí que también se considere como una relación de tú a tú). El Educador/a juega, en un principio, un papel importante en esta relación, ya que es la persona encargada de poner en marcha el proceso de cambio; crea el marco de confianza y de sinceridad teniendo como base el diálogo y la conversación. 
A la vez que se van logrando cambios la importancia del Educador/a se va desvirtuando y el educado adquiere mayor protagonismo, llegando el punto culmen cuando el educando es capaz por sí solo de generar y adaptarse a los cambios que sean necesarios o/y que se le presenten. El/la Educador/a Familiar ha de convertirse en un experto en la creación de vínculos y transmitirle esta capacidad a los miembros adultos de la familia, para que la misma se perpetúe.
La dimensión comunicativa permite que el educando inicie un proceso de «resiliencia» (Bice, 1992), entendido como «la capacidad personal interna que hace posible la elasticidad o capacidad para resistir las influencias externas sin perder la propia identidad».
Es importante que el/la Educador/a sepa que el éxito o fracaso de la intervención dependerá en buena parte de la predisposición que el educando manifieste para saber cuáles han sido las razones que le han llevado a la situación en que se encuentra y para reconocer qué cambios debe efectuar en su conducta y estilo de vida. Las reflexiones hechas en la Unidad Didáctica 9 sobre la persona del/la Educador/a Familiar, servirán de gran ayuda para responder a muchas de las interrogantes que puedan surgir durante la intervención.

La vida cotidiana

Si en el párrafo anterior destacábamos la importancia de la relación entre Educador/a y educando, entre personas, ahora es el momento adecuado para resaltar el papel que juega la vida cotidiana en el proceso de intervención familiar.
Uno de los ingredientes necesarios para realizar la intervención familiar es la vida cotidiana del grupo familiar, su espacio de convivencia, que se concreta en el domicilio particular. De ahí que, en resumidas cuentas, consideremos el marco natural de actuación la vivienda familiar. El individuo es una persona imbuida en un continuo proceso de autoconocimiento y de autoconstrucción, asi que no podemos obviar que todo este ejercicio personal está íntimamente ligado al ejercicio de la relación social; es decir, nos construímos de forma individual pero con la ayuda del otro y también con los otros.
Partiendo de esta afirmación, nos será fácil comprender el por qué la vida cotidiana es un elemento educativo indispensable, y por qué éste debe entenderse como un contexto que facilita y organiza de forma estructurada y consistente los espacios, el tiempo y los recursos de la institución familiar.
El/la Educador/a Familiar trabaja con la familia en su propio territorio, en ese espacio vital de convivencia. Es el/la Educador/a el que va al encuentro de la familia, en lo que llamamos visita domiciliaria. Es este un espacio (el domicilio) y un tiempo (la visita) durante el cual se trabaja la organización colectiva de la vida común y la estimulación cognitiva de todas las áreas de aprendizaje (ver áreas de trabajo) por medio de la experimentación de formas de relación que habitualmente no se manifiestan. El acompañamiento durante el desarrollo de las actividades cotidianas tiene como finalidad posiblitar que los padres puedan hacerlo por sí mismos, y de este modo asumir y comprender que ellos deben acompañar a sus hijos durante sus aprendizajes. Las actividades a desarrollar son las siguientes (Bosch, J.M. y Sanchis, M., 1999):
Actividades:
– Hábitos de orden, higiene y sanitarios.
– Refuerzo escolar.
– Fomentar la comunicación mediante el diálogo.
– Fomentar la comunicación padres-hijos.
– Información y orientación en la relación con el entorno.
– Acompañamiento en las responsabilidades escolares.
– Acompañamiento en las actividades extraescolares.
– Acompañamiento en las gestiones de los diferentes miembros de la familia.
– Acompañamientos en los procesos de (re)inserción laboral.
– Ayuda en la organización de la familia.
– Coordinación entre los diferentes profesionales con los que la familia se relaciona.
– Trabajo en la resolución de conflictos.
– Contención emocional de la angustia y del miedo.
– Documentación de las intervenciones.
El/la Educador/a debe crear situaciones de aprendizaje que estimulen el desarrollo de las dimensiones personal y social de los educandos, creando formas de relación cooperativas y dialogantes, sanas y eficaces, no habituales en su entorno cotidiano.
Un aspecto significativo de los espacios anteriores y de las actividades que se desarrollan es la dinámica de la relación con la familia, especialmente con la madre, que es con quien se mantiene, por norma general, una relación más directa. Esta dinámica interaccional conduce a menudo a la pérdida de distancia y a una implicación emocional fruto de la frecuencia, la cotidianeidad y las necesidades de afecto que sienten las personas que forman la familia. El Educador/a ha de mantenerse siempre en una posición neutral y circular, es decir debe prestar apoyo y atención a todos y cada uno de los miembros. En ocasiones se puede producir que algún miembro de la familia necesite mayor atención, a lo que el/la Educador/a no puede negarse, pero debe hacerlo siempre teniendo en cuenta al resto de familiares y haciéndolo de una manera explícita y clara. Para no dejarse llevar por los sentimientos y las emociones, el trabajo en equipo, como ya hemos destacado, se erige como factor clave para superar la pérdida de neutralidad y la linealidad y ser consciente del problema de la identificación y de la aceptación de responsabilidades propias (Arnaiz, V., 1992).
La relación con la comunidad
Las relaciones y las actividades que se desarrollan en contextos normalizados son una finalidad y un medio al mismo tiempo. Son una finalidad para los potenciales aprendizajes y son un medio porque desempeñan la función de espejo entre lo que se ha conseguido y lo que se tenía que haber conseguido.
La relación con marcos normalizados es fundamental, porque sabemos que los nuevos aprendizajes comportan dificultades, dudas y, con mucha frecuencia, fracasos debido a que son estructuras muy tiernas que necesitan reforzarse con la repetición de experiencias de éxito. En este espacio el/la Educador/a tiene un papel relevante, porque realiza la función de apoyo de los nuevos aprendizajes; es el andamiaje de Brunner, que está sosteniendo una nueva estructura que aún está inmadura en cuanto a conocimientos.
Estos diferentes contextos de intervención configuran una gran cantidad de funciones (que desarrolla el/la Educador/a, y que tienen preferentemente un carácter preventivo) como las siguientes (Bosch, J. M. y Sanchís, M., 1999):
– Ser punto de apoyo en el acompañamiento del proceso de toma de conciencia de la situación propia (autoconocimiento) que efectúan las personas que componen la familia.
– Fomentar los vínculos afectivos que favorecen los cambios en la familia, a través de una relación sincera y honesta.
– Realizar un acompañamiento emocional de la persona, respetando sus propias vivencias.
– Hacer posible la creación de zonas de desarrollo que sean próximas y que generen nuevos espacios de aprendizaje; es decir, facilitar herramientas a la familia para que puedan tomar las decisiones correctas en aquellas situaciones que conlleven un riesgo algo más elevado que el actual.
– Facilitar pautas y habilidades educativas con el objeto de mejorar las interrelaciones entre los miembros de la familia y su entorno.
– Estimular las capacidades y los recursos propios de cada persona y del grupo familiar, con el objeto de aumentar su autoestima individual y colectiva, y así ayudarles a integrarse mejor en su entorno social.



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