Terapia familiar en drogodependencias


En un principio se opinaba que se debía trabajar con el drogodependiente de modo individual pues se le consideraba vinculado a su grupo de iguales, integrado en la calle, de tal modo que se creía que la familia no era significativa. Estudios posteriores demostraron que el drogodependiente mantiene unos vínculos familiares más fuertes de lo habitual, siendo adecuada una terapia orientada a la familia.

Muchos adolescentes se vuelven adictos antes de lograr su independencia y autonomía. Cuando eso ocurre quedan prendidos en el sistema familiar y fracasan en los intentos de separarse de la misma. A través de las drogas, el joven evita su independencia con respecto a sus padres y de estos respecto a él.

OBJETIVOS DE LA TERAPIA FAMILIAR

Los objetivos de la terapia familiar podemos resumirlos en:

– Eliminar el abuso y dependencia de la/s sustancia/s, tanto de las drogas que consumen inicialmente como las sustitutivas una vez comienzan el tratamiento (metadona, ansiolíticos…).
– Separarse de la familia a la que están excesivamente apegados.
– Ser vistos por los padres, él mismo y la comunidad como alguien competente en alguna actividad, reincorporándose a la vida laboral o académica.
– Establecer relaciones íntimas y sociales no vinculadas al consumo de drogas.

Para lograr esos objetivos, será necesario romper la rigidez estructural y de comunicación que suelen existir en estas familias y establecer nuevos modelos de interacción a través del cambio de roles.

 
FUNCIONES DE LA ADICCIÓN. EL ENFOQUE DE STANTON Y TODD

Estos autores mencionan el papel que se le da a la adicción dentro de la familia, donde se destacan los siguientes:

ANSIOLÍTICO:
La droga ayuda al drogodependiente a afrontar la angustia que se deriva de la situación de separación, a través de los efectos alucinatorios o de adormecimiento, permitiéndole estar cerca y lejos de la familia al mismo tiempo.

FALSA ASERTIVIDAD:
Las drogas le conceden cierta sensación de poder y libertad expresando activamente sus sentimientos, que no serán tenidos en cuenta puesto que la culpa de lo que acontece en la familia es de la droga.

Parecen independientes pero no lo son. Son competentes en el ámbito y manejo de las drogas. La heroína y el alcohol otorgan sensación de poder y de victoria, volviéndose más asertivos y agresivos, por lo que la relación de «éxito» sólo se establece en la subcultura de la droga.

ORGANIZADOR:
La droga llega a ser un regulador de la vida familiar, poniendo sus actividades en función de la misma. De hecho, las madres suelen ser sobreprotectoras, se aferran a sus hijos y los tratan como menores haciendo lo que sea necesario por ellos, hasta el punto de perder todos sus bienes y llegar a la ruina. Solucionan sus problemas en lugar de hacer que sus hijos se responsabilizen de ellos; por otra parte desaprueban su comportamiento creando una relación ambivalente. Mientras, los padres suelen ser periféricos y mantienen relaciones que los hijos valoran de forma negativa.

SUSTITUTO DEL SEXO:
Entre los adictos se advierte un menor establecimiento de relaciones íntimas heterosexuales. El adicto establece una especie de experiencia sexual con la droga, que le ofrece una alternativa a la tendencia natural de formar pareja o abandonar el hogar.

EL ROL DEL ADICTO:
Este papel es mantenido por la familia ya que la abstinencia representa la creación de un nuevo rol, la consiguiente adaptación y crisis. Por tanto, el rol de adicto disculpa su incapacidad para separarse de la familia.

EL ENFOQUE PSICOANALÍTICO Y EXPERIENCIAL EN TERAPIA FAMILIAR

El modelo psicodinámico y experiencial insisten en la maduración de cada miembro dentro de la familia, lejos de los patrones inconscientes de la ansiedad y proyección arraigadas en el pasado como el procedimiento para establecer una familia saludable.

Para el modelo experiencial los síntomas son mensajes no verbales en respuesta a un trastorno de la comunicación en el sistema, por ello es de suma importancia la claridad de la comunicación y el uso del lenguaje corporal. Whitaker, precursor en el uso de la confrontación, interpretación y metáfora, definía a la familia sana como aquella que sigue creciendo a pesar de cualquier problema que pueda surgir.

Este enfoque suele hacer uso del llamado «esculpido familiar», técnica que consiste en la disposición de los miembros de la familia en una escena que sugiere su opinión personal de las relaciones pasadas o actuales, se anima a los miembros a cambiar de asiento, a tocarse entre sí y a mirarse directamente a los ojos, insistiendo en la expresión de emociones.

Para el modelo psicoanalítico, los síntomas se derivan de proyecciones que cada miembro tiene proveniente de conflictos y pérdidas no resueltas en el pasado. Según Ackerman, representante de este modelo, la terapia familiar no es una terapia de los individuos sino una terapia de interacción entre los individuos. Es en esa interacción donde se intercambian los conflictos no resueltos, potenciándose o neutralizándose entre sí, produciendo la crisis. El terapeuta utiliza las interpretaciones, las fantasías infantiles que se pretenden vivir en la familia actual y las proyecciones que surgen en las relaciones conyugales y filio-paternales y las defensas intrapsíquicas que contribuyen a los problemas familiares con un intento de provocar insight (autoconciencia) y así poder reconstituir una familia sana a través del crecimiento individual y familiar de sus miembros.

A continuación exponemos el caso de la familia G y de la familia V., ejemplos ilustrativos de las interpretaciones que el enfoque psicodinámico hace de la familia y sus metáforas:

Manuel G. Accedió a la droga a los 15 años, hasta entonces mostró una carrera como pequeño delincuente aunque a los ojos de sus padres se trataba de un aventurero, un niño «travieso». Estos empezaron a preocuparse cuando empezó a consumir y no entendían que la droga constituyera la continuación de una carrera de delincuente. A Manuel no le preocupa su adicción hasta que sus padres lo hacen responsable con expresiones como «vas a volver loco a tu padre», «vas a matar a tu madre». A partir de aquí, lo que le preocupa a Manuel es volver loco a su padre y matar a su madre.

La ingesta de drogas es un síntoma en Manuel, porque la droga es un síntoma de sus padres en relación con él. De hecho da vida a un personaje idealizado por sus padres, Manuel se cree que nació para ser ese personaje aventurero que proviene ya de la imagen del abuelo materno y con la cual la madre no deja de comparar a su marido, quedando éste en desventaja.

La señora G protagoniza numerosos sueños en los que ve muerto a su hijo y a ella misma. Manuel de alguna forma, en su relación con la droga repite la relación de su madre con las anestesias de sus múltiples operaciones, parece establecerse una simbiosis perfecta (Ella muere tras una intervención quirúrgica después de que Manuel es dado de alta).

Hasta su adolescencia, Manuel comparte el lecho con su madre mientras que el señor G ocupa el sofá de la sala. También ha sido testigo de las infidelidades de su madre, a través de un vínculo incestuoso reproduce la relación de la señora G con su propio padre. La droga es un intento de expulsarse de la carnalidad de dicha relación mediante la satisfacción sustitutiva que la ingesta le ofrece.

Manuel busca en su padre un modelo que no puede ofrecerle en la medida en que participa y alimenta el síntoma al no defender su lugar en el lecho conyugal.

En la familia G. la metáfora familiar previa a la adicción de Manuel consistía en un sistema de víctimas recíprocas. Compartieron la idea del matrimonio porque «se sentían solos y casarse significaba además la posibilidad de acceder a una vivienda al hacerse cargo de una portería». A partir de ese momento, estaba claro para ambos cónyuges que «él no era como su papá» para ella y que «ella seguiría buscando otros hombres» para él. Manuel, hijo de su madre y de su abuelo, vino a colmar ese vacío y lo colmó a lo largo de su trayectoria como «niño travieso» pero hizo estallar la metáfora cuando empezó a consumir.

En las familias de drogodependientes, las palabras y los silencios ocupan un aspecto digno de destacarse pero la regla que subyace entre las palabras y los actos es : «Haz lo que yo digo pero no lo que yo hago». Desde aquí, se califican los comportamientos de los otros. Nadie espera que alguien cumpla lo que dice, ésto produce efectos paradojales en la relación. Aún así, todos prometen y juran y pretenden ser «sinceros» pero es imposible. El sistema está configurado de tal forma que la única manera de cumplir la palabra es violándola porque la promesa es tal dentro de un contexto, que el contexto familiar obliga a transgredirla. Es habitual escuchar en las familias de consumidores, «nunca más volveré a pincharme», «siempre dudaré de ti», esas posiciones radicales entre el hijo y la madre, el «nunca» frente al «siempre» reflejan la trampa en la que se encuentran. Toda su historia de consumo indica que el joven no tiene con qué garantizar su juramento ante su madre pero promete y su madre no le cree pero exige su juramento.

En el caso de la familia V, la señora V se describe como muy parecida a su hijo, abúlica, con grandes sentimientos de vacío, convencida de que ambos caracteres son idénticos y creyéndolo el hijo. Éste, de 16 años, silencioso y retraído, con su madre se entiende sin palabras (son «idénticos») y no puede hablar con su padre, quien siente que su palabra no tiene valor ante su hijo.

José mantiene una relación ambivalente con su madre que fluctúa entre la no necesidad de palabras y los estallidos de violencia sin motivos aparentes.

El señor V al que se le ha ocultado el consumo del hijo y que no se percató de ello ante la sorpresa de su esposa, intenta ganarse a su hijo sin romper la relación entre José y su madre.

Según la madre y con el consentimiento del padre, José comenzó a drogarse como una maniobra para «llamarle la atención a ella». También ahora, con la desintoxicación, se queja de molestias físicas y dificultad para conciliar el sueño.

Los secretos ocupan un papel fundamental en estas familias, el señor G conoce las infidelidades de su mujer, sabe que ella sabe que él sabe y sabe que Manuel también sabe todo. Aparentan su ocultación cuando en realidad son verdades conocidas por todos.

Al aparecer otros conflictos a parte de las drogas permiten descolocar al drogodependiente de su rol central privilegiado como amo y víctima de la situación.

Cuando en las relaciones familiares existe la culpa, se hace necesario estereotipar, así al descentrar el síntoma se permite que afloren otros conflictos, otras culpas que si son simbolizadas y elaboradas flexibilizan las rigideces en la relación y permiten que la metáfora familiar sea puesta en tela de juicio por ellos mismos.

                            (Mattioli, G.: «Terapia de familias de adolescentes toxicómanos», 1980)


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