Marginacion. La familia

Marginacion. La familia

EL AMBIENTE AFECTIVO-FAMILIAR

El ambiente afectivo en la vida de un niño es un factor que va a determinar su vida adulta, al construir los cimientos de su carácter y personalidad en el futuro. La familia proporcionará las condiciones óptimas para el desarrollo de la personalidad.

Muchos estudiosos de la personalidad afirman que los conflictos de carácter afectivo que se dan en el adulto tienen su raíz en la infancia, es decir, en las estructuras de tipo afectivo que construyó cuando era niño. Por este motivo es tan importante estudiar la afectividad en los menores, así como procurarles un ambiente afectivo adecuado dentro de la familia.

Teresa Franco Royo, en su libro Vida afectiva y educación infantil, sostiene que la afectividad en el niño se caracteriza por que con el paso del tiempo la intensidad de sus respuestas emocionales (alegría, enojo, ira, temor…) va disminuyendo. Al mismo tiempo estas respuestas son canalizadas hacia las modalidades socialmente aceptadas, es decir, que el niño aprende cual es la respuesta afectiva más adecuada dentro de un contexto determinado. Aunque la herencia también influye en el desarrollo de la afectividad infantil, esta autora sostiene que es la presión social la que determina de forma más decisiva el cambio en la expresión de sus respuestas emocionales.

El papel de la familia es básico para ayudar al menor, tanto a controlar sus emociones como a expresarlas de forma adecuada. Sin embargo, no todas las familias ejercen la misma influencia sobre un niño o niña. Algunos investigadores han realizado estudios con diversos modelos familiares, llegando a la conclusión de que en aquellos caracterizados por la rigidez y la falta de democracia en la toma de decisiones se tiende a transmitir a los niños falta de delicadeza, falta de sentimientos amistosos y pocas habilidades en general para relacionarse con otros niños.

Por otro lado, estos mismos estudios han constatado que los niños que crecen en familias con un clima más democrático y flexible tienden a ser más confiados e independientes, más capaces para llevar a cabo actividades de tipo intelectual en condiciones difíciles, más amistosos, sociables y cooperadores, más originales, creadores, espontáneos…

Por tanto, el generar un clima de afecto hacia los niños dentro de una familia donde sus decisiones y opiniones son tenidas en cuenta, es decisivo para formar su personalidad. Pero como sostiene Teresa Franco, este afecto debe proporcionarse de forma continuada a lo largo del tiempo para que tenga efectos positivos. De nada sirve mostrar mucho cariño en un momento determinado si esta conducta no se repite de nuevo a lo largo del tiempo.

Esta misma autora resalta la importancia del concepto de vínculos afectivos, que se establecen como resultado del comportamiento social de individuo, de su interacción con los otros. Los vínculos afectivos se refieren a la atracción que un individuo siente por otras personas con las que se relaciona. El hecho de que un niño cuente con vínculos afectivos sólidos y estables hace que se muestre más confiado y que, de este modo, desarrolle mejor sus capacidades.

Otro concepto fundamental es el de apego, el vínculo que se desarrolla entre el niño y su madre, la figura más influyente dentro del sistema familiar. Si el niño tiene confianza en su madre, si en los primeros años de vida ha establecido un sentimiento de apego con ella, tiene ya una base a partir de la cual se sentirá más capaz para descubrir el entorno que lo rodea. Por el contrario, un niño o niña que presenta carencias afectivas, bien porque no ha desarrollado vínculos con su familia o los adultos de referencia (sobre todo con la madre), o bien porque ha sido separado de ellos, mostrará una menor confianza hacia el entorno. Teresa Franco asegura incluso que uno de los efectos de las carencias afectivas es la disminución de la capacidad de reflexión abstracta (conceptualización), aunque esto dependerá de la edad del niño, del tiempo que permanece separado de la familia o la madre, de los cuidados anteriores…

Hasta ahora se ha aludido a la importancia fundamental de la familia en la vida afectiva del menor, pero la propia dinámica que se produce dentro del sistema familiar es decisiva en la vida del niño en conjunto. Jane Campion, al elaborar su teoría de los sistemas familiares, entiende que éstos son un conjunto de partes en interacción continua que, a través de dicha interacción, pasan a formar parte de un conjunto mayor que la suma de las partes. Es decir, la familia es algo más fuerte que las personas que la forman y condiciona sus vidas y su visión del mundo hasta el punto de que el niño se relaciona con los adultos ajenos a ella según las pautas que aprende en la familia. Así, si sus padres se muestran sensibles, cariñosos… el niño esperará que otros adultos se comporten igual. Si por el contrario sus padres se comportan de forma indiferente, contradictoria, impredecible… esta es la idea que tendrá de los adultos. Y según sus experiencias en el ambiente familiar, el niño trasladará sus conocimientos sobre el mundo adulto a otros ámbitos como puede ser la escuela.

C. Mínguez indica que la familia ofrece al individuo la posibilidad de obtener seguridad y protección y de interiorizar determinadas pautas sociales que acaban por asignarle un rol tanto dentro de la familia como en la sociedad en conjunto.

En el caso de que la familia sea un ambiente adecuado para el niño o joven, éste desarrollará esas pautas sociales de las que C. Mínguez habla y podrá enfrentarse a su entorno con éxito. El problema surge cuando el contexto familiar no favorece el desarrollo del menor. Hay casos en los que los padres (consciente o inconscientemente) presentan actitudes inmaduras, ansiosas, contradictorias etc. y el niño no alcanza a comprender qué es lo que se espera de él, mostrándose inseguro, tenso, confuso…

En otras ocasiones esta conducta del niño o joven es generada por circunstancias que tienen o han tenido lugar en el seno de la familia. Separaciones, divorcios, nuevos matrimonios de los progenitores… provocan ciento grado de estrés en los niños que perdura durante más tiempo del que los padres creen. En ocasiones los niños manifiestan determinadas conductas que los padres no saben explicar y que pueden haber sido generadas por experiencias que les han afectado de forma importante en el pasado. Jane Campion cita el ejemplo de un niño con dislexia que tan sólo avanza en la lectura cuando sus padres, divorciados desde hace poco tiempo, se reúnen para hablar sobre su educación. Los problemas de lectura se convierten en este caso en un pretexto que usa el niño para reunir a sus padres, dado que no acepta la separación y su nueva vida en un hogar en el que falta su padre.

Continuando con los cambios que se dan en las circunstancias familiares, nadie es ajeno a los enormes cambios sociodemográficos que se han ido produciendo en la institución familiar y que afectan a todos y cada uno de los miembros. Ferrán Casas habla de varios indicadores que reflejan los cambios en la familia: Caída de la tasa de fecundidad, descenso de la nupcialidad, aumento del número de hijos nacidos fuera del matrimonio, aumento de los divorcios y separaciones, incremento del número de familias monoparentales, aumento del empleo femenino… Todo ello da lugar a que el contexto sociofamiliar en el que crecen niños y niñas cambie con mucha rapidez y no les dé tiempo a adaptarse a las nuevas situaciones, como en el caso del ejemplo que ponía Jane Campion.

J. Iglesias de Ussel reflexiona en su libro La familia y el cambio político en España sobre algunos aspectos relacionados con la familia actual, que repercuten en el comportamiento de los jóvenes. Entre los aspectos a los que él alude están los siguientes:

La coexistencia generacional: Hoy en día debido a la mayor esperanza de vida de la población los jóvenes tienen la oportunidad de convivir con varias generaciones (bisabuelos, abuelos, padres…). Este hecho, a la vez que es enriquecedor puesto que permite transmitir conocimientos y experiencia, también da lugar a conflictos intergeneracionales debido al choque de mentalidades. Es un fenómeno que no se producía hace algunas décadas, cuando era menos probable convivir con miembros de generaciones anteriores.

La transición de los jóvenes hacia la madurez se ve dificultada por diversos elementos, como la dificultad para asimilar una cultura compleja, el no haber un criterio claro con el que identificarse con el mundo adulto, el no existir un proceso «normalizado» que conduzca a la emancipación, etc.

La ambigüedad de la categoría «juventud», que no se ha construido sobre una base biológica, sino social. No puede establecerse cuando comienza y cuando termina esta etapa vital. Además, si al joven se le impide acceder al mundo adulto (a través del empleo, la independencia económica, el matrimonio…) la etapa juvenil puede alargarse.

La expansión del sistema educativo prolonga la estancia en la escuela. El joven para mucho tiempo en el ámbito escolar, por lo que se relaciona casi exclusivamente con gente de su edad, aislándose del mundo adulto.

El trabajo y la familia son vistos como realidades separadas. Muchos jóvenes crecen sin saber nada sobre el trabajo de sus padres y su contacto con el mundo laboral, a través de contratos temporales, precarios… no favorece el compartir la ética de trabajo que tienen los adultos. Una importante fuente de conflicto familiar son las visiones contrapuestas de padres e hijos sobre la misión del trabajo en la vida.

El paro juvenil, y el tipo de trabajos desempeñados por los jóvenes traen consigo consecuencias como el no poder acceder a un hogar propio, el no contar con un empleo estable que proporcione seguridad, el no poder plantearse el matrimonio o una vida en pareja…

Otro modo de coartar el desarrollo del menor como persona es el hecho de que tenga que asumir responsabilidades que por su edad y por su posición en la familia, no le corresponden. Hay ocasiones en las que la falta de alguno de los progenitores, la actitud de éstos, o la disfuncionalidad del sistema familiar provocan la asunción de responsabilidades por parte de los menores. Es el caso, por ejemplo, de niños y niñas que deben hacerse cargo de sus hermanos y hermanas menores e incluso a veces de sus propios padres. Otros ejemplos se dan cuando el hijo/a tiene que hacer de mediador entre los padres, observando que sus relaciones son conflictivas; cuando se queda en casa acompañando a su padre o a su madre al percibir su tristeza en casos de depresión…

El crecer en una familia disfuncional donde los roles están poco definidos y el niño es obligado a sentirse como un adulto, provoca además que tenga problemas en otros ámbitos para aceptar la autoridad. Es el caso de la escuela, donde estos niños y jóvenes desarrollan conductas conflictivas derivadas del hecho de que en casa se sienten al mismo nivel que los adultos de la familia, mientras que en la escuela deben ponerse al nivel de sus compañeros, que probablemente sí desempeñen roles que les corresponden tanto dentro como fuera de la escuela.

En síntesis, se puede afirmar que el ambiente afectivo y familiar en el que se desenvuelve un menor es una pieza clave de su desarrollo futuro, ya que se trata del aprendizaje de contenidos de tipo emocional que repercutirán en su vida adulta. Como afirma el psiquiatra Luis Rojas Marcos en su libro Las semillas de la violencia(6): «La única forma de aprender a amar es siendo amado. La única forma de aprender a odiar es siendo odiado. Esto ni es fantasía ni teoría, simplemente es un hecho comprobable».

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