Tiempo libre y drogodependencias

El tiempo de ocio actual que viven los adolescentes y jóvenes durante el fin de semana que para muchos y, de acuerdo a la localidad de que se trate, empieza el jueves, hace que se prolongue a cuatro días este marco de relación social. En muchas ciudades estudiantiles el fin de semana sufre un vacío importante de población porque se desplaza hasta sus lugares de origen, ha hecho que el mercado del ocio abogue por un determinado disfrute consumista del tiempo libre y se haya adelantado al jueves. Esto es importante dado que existe un ambiente mercantil idóneo interesado en favorecer, explotar y normalizar un ocio utilitarista y consumista que abarca al colectivo juvenil.

El fenómeno del consumo de drogas vinculado al disfrute de tiempo libre es una tríada cuyos vértices son:

1. Un mercado que se ajusta a la coyuntura del lugar y de los destinatarios a los que se dirige el negocio (discotecas, pubs, cafés-bar,…): El ocio es un producto mercantil que hay que vender. Y, por excelencia, los destinatarios de ese tiempo libre son los jóvenes.

2. El vínculo estrecho entre tiempo libre y consumo de sustancias (del tipo que sean, donde adquiere un papel sobresaliente el alcohol) como signo de identidad del esparcimiento tenido durante esas horas, y deshinbidor en las relaciones sociales.

3. Una necesidad individual aprendida (donde juegan un importante papel los Medios de Comunicación) de disfrute de forma inmediata y sin esfuerzo de bienestar. Unido a la carencia de una proyección personal de futuro se desea vivir por y para el presente sin postergaciones.

Cabe por tanto plantearse una intervención que aborde este tiempo y que se conozca con qué recursos, qué medios públicos o privados, qué bienes humanos, materiales y económicos podemos disponer para desarrollar una intervención preventiva en el ámbito sociocomunitario y responder de esta manera:

– Al cumplimiento de los derechos internacionales y nacionales (citados en el apartado anterior) que protegen la necesidad de un desarrollo integral.
– A la responsabilidad que nos atañe a los adultos de orientar y hacer de los jóvenes unos adultos sanos que tomen en su momento las directrices de la sociedad.
– Al cambio sociológico del colectivo juvenil que exige un replanteamiento de los programas preventivos de intervención. A modo de ejemplo muy elemental que nos sirve para ilustrar este apunte (referido a los gustos infantiles): ¿Qué niño de hoy en día cambiaría a Pokemon por Heidi o Marco o qué adolescente renunciaría a tener un teléfono móvil?
En este planteamiento global debe hallarse inserta la adecuada utilización del ocio. Al mismo tiempo debemos iniciar o retomar un discurso social renovado que defienda los derechos de los afectados por la problemática de la adicción frente a las incoherencias del sistema y de la legislación en referencia directa a las intervenciones sociales y educativas demandadas.

El ocio es un espacio de vida plural, básicamente de relación, que se ubica en una cronología, en un tiempo que se define como «el conjunto de períodos de tiempo de la vida de un individuo en los que la persona se siente libre de determinaciones extrínsecas, quedando con ello libre para emplear con un sentido de realización personal tales momentos, de forma que le resulte posible llevar una vida verdaderamente humana» (Weber, E.: El problema del tiempo libre. Estudio antropológico y pedagógico. Editorial Nacional, pp.10. Madrid, 1969).

Al educador compete conocer el número y la cualidad de los recursos con qué cuenta la comunidad en la que interviene para poder aportar una respuesta ajustada a las características de los sujetos que la integran o, en su defecto, reivindicar fundamentadamente su necesidad.

Conocer y aprovechar esos recursos para la acción socioeducativa durante el tiempo libre que para muchas personas jóvenes es todo el tiempo disponible o un porcentaje importante del horario diario (desempleados, enfermos, niños y jóvenes que abandonan la escuela o no acuden a ella,…). Es una cuestión de optimizar los recursos existentes en la comunidad y responder ajustadamente a una realidad que se evidencia en la calle.

Dentro del ámbito de la prevención en drogodependencias una de las estrategias que se ha experimentado en programas de prevención directamente vinculada al disfrute del tiempo libre, paralelamente o no a otras, como son las técnicas informativas, de educación afectivo-sexual, de adiestramiento en habilidades de resistencia a la presión social y, por extensión en competencias y habilidades sociales; es la que se refiere a la aportación de nuevas alternativas al ocio utilitarista y vinculado al alcohol y otras sustancias. A esta estrategia responde la promoción de distintas actividades nocturnas promovidas a nivel municipal por las correspondientes áreas de juventud en distintas ciudades españolas (Santiago de Compostela, Gijón, Vigo, Oviedo, Madrid, Pontevedra, Tui,…) que tratan de aportar una alternativa diferente de ocio y tiempo libre nocturno.

Pero antes de adoptar cualquier otra alternativa habría que plantearse:

– ¿Qué es lo que mueve hoy a un adolescente o joven al consumo de drogas durante su tiempo libre?,
– ¿qué variables están implicadas en el cambio cualitativo y cuantitativo que está sufriendo, de forma continuada, el colectivo de jóvenes y adolescentes?,
– ¿qué factores son los que intervienen en el modelaje y adquisición de pautas nocivas de disfrute del tiempo libre?,
– ¿es pertinente adoptar estrategias novedosas y llamativas sin plantearnos realmente su ajuste a la realidad propia, su continuidad y complementariedad con un programa global de intervención educativa?…
El consumo promete satisfacción y deleite sin invertir esfuerzo y casi de forma inmediata. Y ésto parece ser un factor de peso y desencadenante que vincula ciertas actividades con el consumo de drogas, haciendo difícil separar el disfrute del ocio consumista de cualquier actividad nocturna: alcohol, sexo, fiestas, drogas… como elementos que integran en el grupo.

De ahí que estén adquiriendo una extrema importancia las estrategias preventivas fundamentadas en promover opciones distintas a ese uso del tiempo libre vinculado al consumo de alcohol y otras sustancias, que no debemos obviar pero sí estudiar su adecuacion al entorno local en el que se establece.

imagen curso prevencion en drogodependencias

El estrecho vínculo entre tiempo libre (cómo se concibe, en qué lo empleamos…) y la acción preventiva hace necesario que:

1º Diferenciemos el tiempo libre como tal del que es un tiempo libre desvinculado del trabajo (pero ocupado por otro tipo de obligaciones y compromisos familiares).
2º Distingamos entre el tiempo libre estricto y el tiempo dedicado al cumplimiento de compromisos y la satisfacción de nuestras necesidades personales.

De ahí que, siguiendo a Josué Llull Peñalba en «Teoría y Práctica de la Educación en el Tiempo Libre» (Editorial CCS. 1999), diferenciemos:

1. Un tiempo laboral que es obligatorio y donde se obtiene una remuneración económica por la actividad desarrollada.
2. Un tiempo de obligaciones no laborales orientado a satisfacer necesidades humanas primarias y al cumplimiento de compromisos ineludibles.
3. El tiempo libre real que es aquel evadido de toda obligación donde desarrollamos actividades de descanso y entretenimiento y otras de carácter cultural y activo (que es lo que se conoce específicamente como OCIO).

Es precisamente en el espacio que ocupa el tiempo libre real donde habría que promover una intervención comunitaria y una prevención de riesgos en el tiempo libre orientada a educar a los jóvenes en el uso y disfrute lúdico y sano de este tiempo. Por eso es muy importante cuidar el estudio «in situ» de la realidad juvenil de la comunidad en particular ante la que nos presentamos tratando de conjugar apetencias y gustos juveniles con alternativas sanas y formativas.

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