Educador Familiar: normas

Estructuración normativa familiar

La obediencia (uno de los dos criterios tradicionalmente considerado como eficaz) frecuentemente ha sido valorada como la expresión de una adecuada educación en la infancia, ya que se consideraba que el cumplimiento de la norma indicaba su aceptación.También seguro que recordamos u observamos que los niños pueden obedecer la norma por dos razones (Rodrigo y Palacios, 1998):

– Porque desea evitar castigos y conflictos o recibir una recompensa. Cuando es así la norma se cumple en apariencia. La norma proviene de «fuera» ya que son otras personas como son los padres o los profesores quienes motivan a los niños hacia su aceptación. ¿Qué ocurre cuando las figuras de autoridad no están presentes para decir si está bien o mal lo que se ha hecho o como se ha actuado?. En estos casos, la norma casi siempre pierde su vigencia.

– Porque asume la norma como propia. El niñ@ acepta realmente la norma y esto es así porque la ha interiorizado y la motivación para cumplirla proviene de él mismo. Aunque los padres no esten presentes la norma seguirá vigente.

La teoría de Hoffman (1970a) afirma que las prácticas inductivas, al fomentar la reflexión en el niñ@, propician una adecuada interiorización de las normas parentales. Según Hoffman (1970b), los razonamientos contribuyen a clarificar la postura de los padres, y así se facilita su comprensión. Aunque como especificamos con antelación, dicha postura debe estar a la altura del nivel de comprensión de los hijos.

Gracias a esta nueva valoración, que parte de la comprensión e interpretación de los hijos de los mensajes parentales, se ha comenzado a cuestionar que la obediencia de la norma seguida de su interiorización sea el único criterio válido de eficacia de dichos mensajes en todas las edades.

La conclusión a la que se ha llegado, entorno a esta cuestión, muestra como no es muy congruente no reconocer el papel activo de los hijos en la construcción de mensajes parentales, y que éstos sólo los acaten. Partiendo de esta aclaración, se han considerado como prácticas parentales eficaces aquellas que permiten a los hijos exponer sus puntos de vista, a la vez que tratan de entender la de los padres. En este sentido, no estamos hablando de otra cosa que de comprensión mutua entre padres e hijos. El criterio a seguir por los padres sería entonces lograr el mayor grado de negociación con sus hijos, ya que esto facilitará un mejor y mayor comocimiento mutuo. Cuando existe un buen conocimiento, y éste lleva a una mejor comprensión, también se está favoreciendo el surgimiento de una cooperación recíproca entre padres e hijos; y esto es así, debido a que las conductas de los padres se van haciendo cada vez más predecibles para los hijos (aspecto que con el criterio anterior no se lograba). Este hecho potencia extraordinariamente el desarrollo cognitivo y socioemocional de los hijos, por ello es importante que el/la Educador/a Familiar oriente a las familias hacia la adquisición/mantenimiento de estos criterios, en sus prácticas parentales, es decir, en todas aquellas innumerables situaciones y tareas de la vida diaria.

El/la Educador/a Familiar se puede encontrar con padres con escasos conocimientos y recursos para poner en práctica estos criterios tan fundamentales para el bienestar familiar y de sus hijos. El Educador/a puede a través de su formación, mostrar y guiar a los padres hacia la consecución de dichos criterios. A las numerosas preguntas que se pueden hacer los padres sobre como potenciar el conocimiento y la comprensión mutua, así como también la cooperación recíproca (a medida que no sólo los hijos van creciendo sino ellos también). El profesional, adecuando la infomación a cada familia, les puede hacer llegar los siguientes mensajes educativos-evolutivos:

– Hasta los cinco años, un cierto nivel de comprensión de las intenciones y emociones de los padres, junto con la formación de vínculos de apego, sienta las primeras bases que permiten a los hijos acercarse hacia el mundo con confianza y explorarlo activamente. Según Kochanska (1995), el apego seguro parece tener un papel muy importante en la interiorización temprana de las normas en los niños pequeños, creando unas primeras bases para el juego cooperativo y recíproco. Esta cooperación está esencialmente basada en la heterorregulación, debido a la natural asimetría de competencias entre padres e hijos.

– Entre los 6 y 10 años, el nivel de comprensión de las intenciones, emociones y cogniciones de los padres permite comenzar a entender algunos de sus puntos de vista sobre las cosas. La dialéctica y la negociación, entre padres e hijos, son los medios más eficaces para profundizar en el conocimiento mutuo. Según Maccoby (1984), la comprensión mutua es más determinante de la calidad de la educación después de lo 6 ó 7 años que antes de esa edad. Gracias a estos avances en la comprensión mutua, se puede llegar a una co-regulación de las conductas del niñ@, de forma que los padres retienen el control y la supervisión, pero dejan que el niñ@ ejerza gradualmente su capacidad de responsabilidad y de autonomía. Rodrigo, Janssens y Ceballos (1997), encontraron que los niños que «leían» con mejor precisión los mensajes de sus madres (un indicio asociado a un mayor conocimiento mutuo) son los que en una tarea cooperativa con éstas mostraban más autonomía, confianza e iniciativa en sus acciones.

– A partir de los 11 años, la capacidad de comprensión de los hijos de las intenciones, emociones y cogniciones de los padres así como lo progresos en sus dotes negociadoras, permiten avances definitivos en el conocimiento mutuo. Por ello, los hijos están en condiciones de tener expectativas certeras sobre las posibles reacciones de los padres en situaciones concretas. Ello promueve una transición gradual en los adolescentes hacia mayores cotas de responsabilidad en la realización de actividades y tareas, lo que implica la autorregulación de su comportamiento.

El/la Educador/a Familiar también ha de mostrar el camino de cómo hacer sus prácticas educativas más eficaces. En este sentido, el/la Educador/a, debe poner gran énfasis en la importancia de la flexibilidad a la hora de aplicar las estrategias y pautas educativas. Los padres deben saber y ser conscientes de que no existen «recetas educativas» infalibles para todos lo casos. Lo primordial en la educación es saber aplicar de modo flexible distintas estrategias educativas, de acuerdo con ciertos condicionantes como son la edad, el estilo de comportamiento, o la situación particular en la que se aplica la estrategia educativa.

Podemos profundizar un poco más en alguno de estos condicionantes (Rodrigo y Palacios, 1998). Por ejemplo, con respecto a la edad de los hijos, son muchos lo padres que tienen dificultades para adaptar sus estrategias de acuerdo con la madurez psicológica de sus hijos, aspecto éste que debe aprender a superar. Como hemos visto en los tres apartados precedentes, el niñ@, a medida que crece, va alcanzando mayores logros cognitivos, sus emociones van madurando y sus intenciones varían también respecto al periodo anterior. De ahí que sea fundamental dejar claro que los procedimientos que pueden resultar eficaces a los 5 años, no son igualmente válidos cuando tienen 10, y mucho menos cuando tienen 15.

¿Cómo podemos ayudar a lo padres ante tal dificultad?. El/la Educador/a Familiar ha de indicar a los padres que es necesario, sobre todo durante la etapa infantil, que establezcan límites por que de esta forma podrán hacer comprender a sus hijos «hasta donde pueden llegar». Por otra parte, los mensajes de control que envien a sus hijos deben ser fácilmente traducibles a acciones concretas (p.ej.: no tires papeles; haz los deberes), de esta forma resultan comprensibles para el niñ@. Esto se traduce en una mayor estabilidad psicológica para éstos, ya que comprenden lo que sus padres esperan de ellos, y además son capaces de preveer sus reacciones.

Durante la adolescencia, actuar como se ha venido haciendo desde la infancia puede ser peligroso; y es en muchas ocasiones lo que origina que los jóvenes adolescentes se orienten más hacia sus iguales, poniendo en entredicho la validez de las normas parentales.

¿Cómo han de actuar los padres durante este periodo evolutivo?. Lo más recomendable es que las prácticas parentales estén basadas en la comunicación, la argumentación y explicación de la norma y en el fomento de la empatía o la reparación del daño. Según la teoría de Hoffman, estas prácticas motivan una buena interiorización de las normas. Además la mayor capacidad cognitiva de los adolescentes permite que entiendan perfectamente estos mensajes más cognitivos, a pesar de su mayor grado de abstracción.

En definitiva, la elección de mensajes más conductuales, basados en el cumplimiento de normas, o más cognitivos, basados en la comunicación, argumentación y perspectivismos, debe estar orientada por el momento evolutivo de la persona a la que vayan dirigidos.

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